Los blancos, sin nervio ni fútbol, caen en el último minuto por un golazo de Raúl García y cierran su racha de ocho triunfos ligueros seguidos
La cita volvió a exhibir las eternas carencias de los madridistas: sin nervio durante gran parte de la tarde y, cuando se activaron, sin fútbol por más que Álvaro Arbeloa fue introduciendo futbolistas de buen pie. Otra jornada pobre para el Madrid, otra más en un último año y medio muy precario.
Después de todos sus duelos y quebrantos, había atrapado el liderato hace cinco días y, en la primera jornada que debía defenderlo, se quebró de mala manera, como tantas tardes de penuria. Solo lo conservará si el Barcelona también falla este domingo en casa contra el Levante (16.15; Movistar). Adiós a ocho victorias consecutivas en Liga. La racha que se impuso fue la de un Osasuna al alza que enlaza seis encuentros sin perder. Hacía 15 años que no derrotaba a los merengues y lo logró con una función muy convincente de los muchachos de Alessio Lisci.
La cita, en medio de la eliminatoria contra el Benfica, se presentaba inquietante para el Madrid, con un largo historial de inclinación a la vida contemplativa. Un temor que no tardó en confirmarse. El Madrid, con Carvajal y Alaba en defensa, que no eran titulares hace cuatro meses, se presentó con un cuerpo resacoso tras la noche de la Champions. De nuevo con las pulsaciones bajas, su ritmo de circulación era soporífero, desesperante, incapaz de agrietar una defensa de Primera. Osasuna, cuya mayor preocupación era negar los espacios, se abanicaba en defensa ante las maniobras de un rival que se movía sin pulso, esperando que las cosas le cayeran del cielo.
La táctica consistía en Vinicius contra el mundo, obligado a despachar en cada acción a dos o tres rivales para generar una expectativa. Un casi imposible. No fue casualidad que la mejor ocasión del Madrid hasta el descanso viniera de una situación aleatoria. Tras un saque de esquina, en un instante de cierta desorganización de los navarros, el balón le llegó a Alaba dentro del área y su tiro franco lo despejó Catena.
Tan poco intimidaba el equipo de Arbeloa que Osasuna se aventuró al ataque. Se fue creciendo y se lo fue creyendo. Le metió más ritmo y lanzó una ráfaga de centros para el estajanovista Budimir, un martillo por arriba. El croata, que venía de marcar cinco tantos en las seis jornadas anteriores, estaba en todas. Avisó con un zurdazo desde la frontal, en un balón colgado que obligó a una gran mano de Courtois, en un cabezazo que acabó en el poste, en otro algo forzado que se le fue arriba y, al final, después de tanto picar piedra, en el penalti del 1-0. En una carrera con Asencio, apareció el meta belga desde atrás, puso el pie sin querer donde no debía, pisó al balcánico y el VAR le chivó al árbitro de la pena máxima.
La ventaja rojilla confirmó su pujanza y la flojera de los blancos, entregados a la rebeldía de Vinicius en medio del páramo futbolístico. A Sergio Herrera no le hizo falta en la primera parte ninguna parada de postal para conservar su rancho intacto frente a los intentos sin filo de un conjunto blanco otra vez muy escaso. El cabreo de Vini con sus compañeros por no presionar simbolizaba la actuación de un Madrid que volvía a las andadas.



